S.O.S. PAPÁ

ASOCIACIÓN PRO DERECHOS DEL NIÑO

¡Custodia Compartida en defecto de acuerdo YA!

Tel. 600 600 500 - 655 440 560

¿Qué es un padre?

22 de Abril de 2013
La función paterna es indispensable para que el niño asuma su propia individualidad,identidad y autonomía necesaria para realizarse como sujeto.

Qué es un padre: La función paterna
Padre no es simplemente aquel que colabora en la procreación de un niño, ni un
progenitor más o menos preocupado por los vástagos. La simple presencia física
del padre no basta para un desarrollo equilibrado de los hijos. Asimismo es errónea
la creencia de que el padre debe ejercer su función imitando los modelos de
conducta femeninos, como si de una madre-bis se tratara. Padre, en sentido
estricto, es algo mucho más profundo. Es aquel que ejerce correctamente la
función paterna, entendiendo por tal aquella que reúne las siguientes
circunstancias: 1) Permite al hijo individualizarse, separándolo de la madre; 2)
Impone al hijo el orden de filiación frente a sus pretensiones de omnipotencia; 3)
Ayuda al hijo a adquirir su identidad sexual.
1) Permite al hijo individualizarse, separándolo de la madre.
La relación madre-hijo, por mucho que algunos quieran, nada tiene que ver con la
relación paterno-filial[24]. Aquella funciona, según Anatrella,“como un universo
cerrado, en el que, a falta de padre, la madre configura con el hijo una pareja”.
El padre, habiéndose ausentado, física o psíquicamente, no juega ya su papel de
“separador” que es el que, precisamente, permite al niño diferenciarse de la madre,
y se produce una insana mutua interdependencia. Así, es probable que en la
adolescencia el niño utilice la violencia-transgresión para afirmar su propia
existencia. El niño que ha tenido una relación excesivamente estrecha con su
madre, acaba sintiéndose “devorado” por ésta, la ve como un impedimento a sus
deseos de autoafirmación y masculinidad y suele reaccionar contra ella con
desprecio y agresividad. Gurian advierte de la sólida relación estadística existente
entre los niños problemáticos y violentos y los niños sin padre[25].
Las madres animales parecen conocer de esta necesidad y –en ausencia del
macho– para hacer combativos a sus vástagos y para permitirles vivir en una
naturaleza profundamente hostil en la que cualquiera se arriesga a ser devorado,
no dudan en maltratarlos para alejarlos de ellas mismas. Las madres humanas, por
el contrario, luchan por evitar a sus crías todo tipo de sufrimiento y tienden a darles
cuanto necesiten; haciéndolas adictas al placer –reproduciendo y prolongando así
la placentera vida uterina– y provocándoles a largo plazo la más inmensa de las
infelicidades, pues los convierten en seres carentes de la dimensión adulta, niños
eternos, en palabras de Savater, “envejecidos niños díscolos”[26]. Situación que es
del todo antinatural, al hacer perdurar indebidamente la vida pueril, impidiendo la
realización del deseo inherente a todo niño de incorporarse al universo del adulto.
La negación de la función paterna pone en peligro a toda la sociedad. En ausencia
del padre, surge una relación de pareja entre la madre y el hijo que perjudica el
equilibrio psíquico de ambos. Una vez adolescentes, muchos de aquellos niños no
tienen otro medio de probar su virilidad más que el de oponerse a la mujer-madre,
incluso por medio de la violencia. En palabras de Anatrella: “cuando el padre está
ausente, cuando los símbolos maternales dominan y el niño está solo con mujeres,
se engendra violencia”.
En este sentido, señala Cordés, que quien busca los motivos de la predisposición
hacia la violencia solo o principalmente en factores socioeconómicos se queda en
la superficie del problema. Se queda satisfecho con una teoría de socialización de
cortos vuelos (H.D. Köning); infravalora el influjo de la familia y el enorme efecto
del comportamiento paterno, pasando por alto la influencia decisiva de las
relaciones intrafamiliares[27].
El psicólogo forense Shaw Johnson nos muestra cómo la investigación demuestra
que no hay nadie más capacitado para frenar la agresión antisocial de un
muchacho que su padre biológico[28]. Algunos trabajos de investigación sugieren
que la función paterna tiene una influencia crítica en la instauración y desarrollo de
la capacidad de controlar los impulsos en general y el impulso agresivo en
particular, es decir, la capacidad de autocontrol[29]. Esta relación entre función
paterna y control de impulsos tiene posiblemente un papel importante en las
adicciones (Stern, Northman & Van Slyk, 1984). De hecho el 50% de los
toxicómanos en Francia y en Italia provienen de familias monoparentales (Olivier,
1994).
El padre es quien permite enfrentar la realidad y la separación o insertar entre la
madre y el hijo un espacio que libera de la inmediatez y la fusión con los seres y
las cosas. El padre otorga libertad. Padre es aquel que se ocupa del hijo, con el
que crece y se identifica[30]. El padre concede al hijo un sentimiento de seguridad
y de alteridad frente a la madre. La función paterna es indispensable para que el
niño asuma su propia individualidad, identidad y autonomía psíquica necesaria
para realizarse como sujeto[31]. Un padre afectuoso pero con autoridad, que dé
cariño pero que marque límites y motive al niño hacia la superación de retos
personales, será la ayuda más eficaz para la separación del varón de su madre y
el correcto y equilibrado desarrollo de su esencial identidad masculina.
La relación de una madre con los hijos varones para ser exitosa debe moverse en
un delicado equilibrio entre la intimidad y la independencia. Cercanía y distancia es
la dialéctica que mantiene viva y sana la relación madre-hijo. Esta sincronía puede
verse sin embargo afectada por aquellas madres que se niegan a romper los lazos
de dependencia con los hijos y se empeñan por mantener el cordón umbilical sine
die.
2) Impone al hijo el orden de filiación frente a sus pretensiones de omnipotencia.
El matriarcado social y educativo perjudica el correcto y equilibrado desarrollo de
los hijos al favorecer personalidades individualistas y narcisistas, pues la madre y
su función materna no es por lo general capaz de limitar los deseos de
omnipotencia del niño.
El padre permite al hijo adquirir el sentido de los límites, marca las prohibiciones, le
sitúa en el lugar que le corresponde, le impone el orden de filiación frente a sus
pretensiones de omnipotencia y le ayuda a madurar integrándose en el universo
del adulto y así en la realidad. El padre impone la “ley simbólica de la familia”, de
tal manera que el hijo-niño con tendencia a la tiranía comprende que no es él a
quien compete dictar la ley, sino a otra instancia exterior representada por su
padre.El padre introduce la ley en un vínculo previo, para determinar una ruptura y
un nuevo reordenamiento.
El niño que no ha experimentado el conflicto edípico –chocar con el padre y sus
corolarios sociales– tiene muchas posibilidades de lanzarse en su juventud a
comportamientos asociales, violentos, agresivos e incluso a tendencias
homosexuales. Estos jóvenes no encuentran el límite a su psicología que impone
la presencia de la función paterna que les ayuda a interiorizar el sentido de la ley y
en consecuencia, como no saben “cómo pertenecer”, roban, agreden y son
violentos para ocupar, a la manera primitiva, un territorio[32].
La intervención del padre coloca al niño en el tiempo real:“Este respeto forzado del
tiempo que se deslizará entre madre e hijo pondrá al niño en el tiempo del que
tiene una necesidad vital y del que sus congéneres se han visto privados
seriamente en estos últimos decenios. Este niño aceptará mejor el límite, la
disciplina, no será más el tirano que vemos todos los días y será, por fin, un
adolescente más sereno”[33].
Es por medio de la intervención paterna como el niño choca contra el mundo del
adulto y sufre los dolores de tropiezo con una realidad –siquiera sea fragmentaria–
que ya no es su propia realidad, la realidad por él creada, sino “La Realidad”. Lo
que sin duda favorece la conducción de la infancia a la hombría[34]. El padre es la
“no-madre” que ha de mostrar al hijo cómo funciona el mundo y cómo ha de
encontrar su lugar en él. Debe ser el “puente humano” que une al hijo con la vida
pública de compromiso y responsabilidad[35].
Corresponde sobre todo a los padres “disciplinar” a los hijos. Diversos estudios
demuestran cómo los varones responden mejor a la disciplina cuando ésta viene
impuesta por otro hombre[36]. El padre tiene un papel decisivo en el desarrollo del
autocontrol y la empatía del niño, dos elementos esenciales e imprescindibles para
la vida en sociedad. La capacidad de controlar impulsos es necesaria para que una
persona pueda funcionar dentro de la ley. Es imprescindible tener incorporada la
capacidad de postergar en el tiempo la gratificación, de resistir el impulso a actuar
en un momento determinado. Es un componente crítico de la conducta
responsable del individuo en sociedad, pero no el único. Es también necesaria la
capacidad de registrar y tener en cuenta los sentimientos de otras personas, es
decir, tener capacidad de empatía.
Un trabajo de investigación basado en un seguimiento de niños y jóvenes
durante 26 años reveló que el mejor indicador de empatía en el adulto
es haber tenido un padre involucrado. Más que cualquier variable asociada a la
conducta de la madre, la empatía, que da la posibilidad de tener un buen registro
del sufrimiento del otro, y así inhibir la agresión, es nuevamente un tema de
función paterna[37].
Si los padres no ayudan a los hijos con su autoridad amorosa a crecer y preparase
para la vida adulta, serán las instituciones públicas las que se vean obligadas a
imponerles el principio de realidad, no con afecto sino por la fuerza. Y de este
modo no se logran ciudadanos adultos libres y responsables[38].
Muchas madres tratan de evitar los “conflictos” padre-hijo, sin percibir que son
procesos necesarios en la configuración de la personalidad de los varones. Su
relación está sometida a competencia constante, tensión y confrontación. Cada
uno intenta marcar su territorio y límites. Sin embargo, estos choques esporádicos
acaban generando una unión paterno-filial fuerte y sólida cuando el chico pasa la
adolescencia. Si la madre no comprende esto y los mantiene separados para evitar
los conflictos estará rompiendo sin darse cuenta una fina línea de comunicación
que quizá nunca vuelva a restablecerse.
3) Ayuda al hijo a adquirir su identidad sexual.
La diferencia de sexos encarnada por el padre, juega por otra parte, un papel de
revelación y confirmación de la identidad sexuada. La masculinidad no se puede
aprender en los libros, es algo que los padres pasan a los hijos sin percibirlo
apenas. Tanto la chica como el chico tienen tendencia al comienzo de su vida, a
identificarse con el sexo de la madre. Sin embargo, es el padre, en la medida en
que es reconocido por la madre, el que va a permitir al hijo situarse sexualmente
[39].
El psicoanalista Stoller ha demostrado que el niño, sea del sexo femenino o
masculino, vive una identificación primera con su madre y, por lo tanto, con la
sexualidad femenina. El chico comprometido en esta identificación primitiva conoce
un itinerario más difícil que la chica para liberarse de su madre y afirmar su
virilidad.
A este propósito señala el Dr. Liaño que todo hace pensar que la condición básica
del fenotipo sexual es femenina y a ella tiende de forma espontánea el nuevo ser;
ha de haber un esfuerzo añadido para que se quiebre esa tendencia a la feminidad
y aparezca el ser masculino. Como afirmó Alfred Host: “Llegar a ser macho es una
aventura larga, difícil y arriesgada. Es una especie de lucha contra la inherente
tendencia a la feminidad”[40].
El papel del padre es fundamental en cuanto referente de masculinidad. Todo niño,
de forma temprana, entre los tres y los cinco años, debe sufrir una desconexión y
diferenciación de la madre, para pasar a experimentar una identificación con el
padre. Si en ese momento el padre está ausente o es inaccesible y distante los
niños difícilmente adquirirán la noción de la masculinidad[41].
Anatrella es contundente al respecto: “Sólo frente al padre el chico será confirmado
en su masculinidad y la chica podrá feminizarse”[42]. La sola existencia del padre
al lado de la madre proporciona alimento psíquico al niño para distinguirse y
acceder a la autonomía. Es a través de la intermediación del padre que se realiza
de la mejor manera el proceso de sexualización y la interiorización de la identidad
sexual del niño[43].
En la misma línea, el psicoanalista Erikson, afirma: “El acompañamiento que el
padre realiza en el proceso en el que el niño construye su propia identidad es
insustituible”[44]. Asimismo, la psicóloga A. Horner explica: “Una vez establecido el
curso de la identidad femenina de la chica es relativamente interrumpido. La
identidad femenina esencial se origina en las primeras relaciones con la matriz.
Mientras que la identidad sexual del chico depende de su capacidad de
diferenciarse de la matriz”[45].
En este sentido, señala Anatrella que históricamente cada vez que las sociedades
han estado dominadas por el matriarcado educativo y que el papel de las mujeres
se ha sobrerrepresentado, hemos asistido a un predominio social de la
homosexualidad pues el muchacho lucha contra la invasión maternal-femenina por
medio de la fusión del parecido con uno mismo[46].
El niño busca su masculinidad alejándose y diferenciándose de la madre. En este
estadio comenzará a buscar más la identidad con su padre, aunque volverá a su
madre siempre que necesite cariño y comprensión, consciente de que la conexión
amorosa con aquella permanece a pesar de su “declaración de independencia”.
Además estas muestras de cariño son un lenguaje que el niño debe aprender para
ser capaz posteriormente de expresar sus sentimientos y afectividad hacia otros
[47].
Los niños necesitan modelos masculinos para convertirse en hombres. A partir de
los 7 años los niños prefieren la compañía de hombres. Sin embargo, pasan la
mayor parte del tiempo de su vida rodeados de mujeres. Cuando se priva a un
joven de un modelo adecuado de masculinidad, aquel en sus actitudes tiende a
exagerar los estereotipos machistas porque nunca ha recibido la imagen justa y
equilibrada de lo que significa ser hombre.
La importancia del padre en el equilibrio personal de los hijos
Uno de los más destacados sociólogos de Estados Unidos, el Dr. David Popenoe,
afirmaba recientemente lo siguiente: “Los padres son mucho más que simplemente
los segundos adultos del hogar. Los padres implicados traen múltiples beneficios a
los niños que ninguna otra persona es capaz de aportar”[48].
La poderosa influencia de un padre sobre sus hijos es única e irremplazable. Los
estudios demuestran una serie de diferencias cualitativas entre los niños que han
crecido con o sin padre. Los niños que se han beneficiado de la presencia de un
padre interesado en su vida académica, emocional y personal, tienen mayores
coeficientes intelectuales y mejor capacidad lingüística y cognitiva; son más
sociables; tienen mayor autocontrol; sufren menos dificultades de comportamiento
en la adolescencia; sacan mejores notas; son más líderes; tienen la autoestima
más elevada; no suelen tener problemas con drogas o alcohol; desarrollan más
empatía y sentimientos de compasión hacia los demás; y cuando se casan tienen
matrimonios más estables[49].
Algunos estudios sugieren que la implicación activa del padre es
especialmenteimportante desde los primeros instantes de vida de los niños. En
esta línea, un trabajo de Bronte-Tinkew (2008), centrado en el análisis de
expresiones de balbuceo y capacidades de exploración, pone de manifiesto que
los niños cuyos padres están más implicados en su cuidado y supervisión
presentan una probabilidad más baja de sufrir retrasos cognitivos.
Una investigación llevada a cabo en Israel, demostró que los niños prematuros
cuyos padres los visitan con mayor frecuencia ganan peso más rápido y tienen
muchas más posibilidades de abandonar el hospital en corto plazo que los que no
reciben visitas paternas[50].
Junto a estos trabajos centrados en el desarrollo infantil, es cada vez más
importante la evidencia que relaciona las actividades educativas de los padres con
sus hijos en los primeros años de vida con los rendimientos escolares en etapas
más avanzadas.
Las dos figuras, paterna y materna, son indispensables, para el equilibrado
desarrollo de la personalidad y para una correcta socialización. Si falta la alteridad
sexual, al niño le faltará lo más esencial para su correcto desarrollo psíquico y las
consecuencias estamos solo comenzando a percibirlas.
Es fundamental que los padres se involucren en las actividades diarias de los hijos
[51]. Los niños son más propensos a confiar en su padre y buscar en él apoyo
emocional cuando el progenitor está implicado e interesado en su vida. Y muestran
un mayor nivel académico y menores problemas de disciplina si sus padres, con
afectividad, les imponen normas claras, prohibiciones razonadas y límites a su
comportamiento[52].
Además, como demuestran las estadísticas, lo que más desea cualquier niño es
que su padre pase tiempo con él. Según la Dra. Meeker, lo que todo hijo necesita
de su padre es principalmente: tiempo, afecto y aprobación. Nada eleva más la
autoestima de un hijo que saber que a su padre le gusta estar con él. Se sienten
seguros sabiendo que son importantes para sus padres y merecedores de su
atención[53]. Estos padres estarán enseñando a sus hijos un modelo saludable y
digno de masculinidad. Probablemente nuestros hijos no recordarán todas las
“charlas” que les hemos impartido sobre las virtudes y valores, pero siempre
quedarán impactados por el ejemplo de vida dado por sus padres[54].
María Calvo Charro
Profesora Titular de Derecho Administrativo en
la Universidad Carlos III de Madrid

« volver