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John Wayne se ha hecho viejo

11 de Abril de 2013
A pesar de la ley de igualdad de trato de 2007,la justicia sigue sin aplicarla para los padres

Por LORENZO ESCOT MANGAS y JOSÉ ANDRÉS FERNÁNDEZ CORNEJO

Que en las puertas de los colegios españoles se vean varones ocupándose de sus hijos pequeños ha dejado de ser algo pintoresco. Una de las manifestaciones del avance en la igualdad de género en España es que los varones, o al menos una parte no insignificante de ellos, están accediendo gradualmente a desempeñar tareas de cuidados, que en el pasado eran desempeñadas casi en exclusiva por las mujeres. Así que ver hombres en la puerta del colegio o en la consulta del pediatra ya ha dejado de ser algo excepcional. Ya no llama la atención.

Algunos sociólogos hacen referencia a una “nueva masculinidad”, más flexible y más rica, que incorpora ámbitos de la personalidad, como el afectivo y el de los cuidados, que en el pasado se asociaban en mayor medida con las mujeres. El avance de la igualdad de género, en su misma base, lleva aparejado un proceso en el que los roles de género tradicionales se atenúan o desaparecen. Los roles de género tienen que ver con las creencias culturales hegemónicas acerca de lo que son condiciones y conductas femeninas y masculinas, asumidas (en gran medida de manera no consciente) por mujeres y hombres y que, de una manera acumulativa y sutil, pueden llegar a limitar de una manera sorprendente las pautas y las conductas de los seres humanos. Y esas limitaciones o rigideces se están atenuando para muchos hombres hoy día, con la correspondiente ganancia de matices y calidad de vida que conlleva dejar de ser todo el día John Wayne.

Este fenómeno por el que los varones se implican más activamente en el cuidado de sus hijos (y también de otros dependientes y, en general en las responsabilidades familiares), ¿a quién beneficia? A las mujeres, ya que a estas alturas, sabemos bastante bien que la igualdad de género en el mercado laboral y en la sociedad (de puertas afuera) tiene como correlato la igualdad de género en el hogar y la familia (de puertas adentro).

El hecho de que las mujeres sean quienes en mayor medida se ocupan de las responsabilidades familiares, por una parte, hace que muchas de ellas limiten sus carreras profesionales en la etapa en que tienen hijos; y, por otra, hace que muchas empresas, anticipando que este tipo de situación se podría dar, discriminen en la contratación o en la promoción a muchas mujeres. Por ello, la plena corresponsabilidad de hombres y mujeres en el ámbito familiar eliminaría la brecha salarial y el techo de cristal.

Incluso la segregación ocupacional de género (existencia de ocupaciones feminizadas y masculinizadas), que es un fenómeno muy ligado a los estereotipos de género, tendría mucho menos sentido en un mundo en donde los roles de género tradicionales tuvieran menos fuerza. En segundo lugar, la creciente implicación de los varones en los cuidados beneficia a la infancia. En los hogares en los que los dos progenitores trabajan (la mayoría) y en donde existe una actitud favorable a la implicación de los dos, las niñas y los niños acaban recibiendo más tiempo de sus padres, y esa presencia en las edades tempranas es fundamental para su desarrollo.

Y, en tercer lugar, esa creciente implicación de los varones es buena para ellos mismos, al enriquecer sus vidas. De todas formas, aquí se está hablando de tendencias de cambio o, incluso, de un fenómeno incipiente, en el sentido de que todavía dista mucho de estar totalmente generalizado. Según la Encuesta de Empleo del Tiempo que elabora el INE, en 2010 la duración media diaria del tiempo dedicado al hogar y a la familia era de 4 horas y 29 minutos en el caso de las mujeres y de 2 horas y 32 minutos en el caso de los hombres (además, en el reparto de tareas, ellas tendían a realizar relativamente más las actividades del hogar rutinarias y ellos las más lúdicas); esta diferencia de 1 hora y 57 minutos es inferior a la que se obtenía en la encuesta anterior, de 2003, pero es aún muy elevada. Por otra parte, en España, los niveles de corresponsabilidad en el hogar de mujeres y hombres están todavía bastante por debajo de los alcanzados en las sociedades de referencia en esta materia, que son las nórdicas.

Este desfase se debe, en parte, a que este fenómeno empezó más tarde en países como España. Pero también, en este punto, hay que hacer referencia a los desincentivos o barreras que pueden encontrar muchos varones que querrían implicarse más en las tareas de cuidados o, lo que es lo mismo, que querrían conciliar en mayor medida sus vidas laborales y familiares.

Un primer desincentivo viene de la propia ley. Las leyes, en muchos casos, ejemplarizan y transmiten pautas a la sociedad. En el caso español, la ley sostiene que, tras el nacimiento o adopción, para cuidar de la niña o del niño, las madres disponen de 16 semanas y los padres disponen de dos. Justo en el comienzo, la ley empequeñece el papel del padre como cuidador. Sin embargo, el cambio en las actitudes de género y la sensibilidad hacia estas nuevas necesidades, hacen que la tendencia apunte –si la crisis lo permite- a una progresiva igualación de los permisos disponibles para madres y para padres. En Suecia, Noruega, Islandia, Alemania o… en Portugal, existe una situación de estricta igualdad de género en los permisos parentales y, además, se incorporan incentivos para que ambos, madre y padre, los utilicen.

En España, la situación de grave crisis económica viene retrasando la ampliación (ya decidida) del permiso de paternidad a cuatro semanas. Por otra parte, existen propuestas (como la de la Plataforma por Permisos Iguales e Intransferibles de Nacimiento y Adopción,PPIINA), para, en un horizonte más o menos largo, intentar que el permiso correspondiente al padre se vaya igualando con el de la madre.

Un segundo aspecto es el de la sensibilidad (o insensibilidad) de las empresas y las organizaciones hacia los hombres que desean conciliar (que desean utilizar las diferentes medidas de conciliación existentes en las empresas). Desde la dirección de recursos humanos de las empresas, o entre los propios compañeros de trabajo, ¿se tiene claro que las prácticas de conciliación no son políticas destinadas a la plantilla femenina sino a toda la plantilla?

Puede que, con frecuencia, todavía se dé este tipo de situación: los varones no solicitan el uso de las prácticas de conciliación (por ejemplo, una reducción de jornada tras tener un hijo) porque tienen la percepción de que estas medidas no están disponibles para ellos; los empleadores no ofrecen abiertamente estas medidas a los varones porque parece que éstos no demandan el uso de las mismas; y, en su defecto, las mujeres solicitan estas prácticas de conciliación en un contexto de presión social para que lo hagan. A este fenómeno se le denomina, a veces, “sesgo femenino en la conciliación”, y es algo que debería ir desapareciendo en la medida en que se avance en la corresponsabilidad y los varones concilien tanto como las mujeres (por cierto, esto también haría desaparecer el “sesgo masculino” en la promoción a puestos directivos). Sin embargo, hasta que esto suceda, es importante que los responsables de recursos humanos de las empresas sean conscientes de que, aunque todavía son minoría, hay también varones que demandan estas medidas, y que la inclusión efectiva de los varones en las políticas de conciliación puede ser también rentable para ellas (en términos de mejora del clima laboral de la empresa), en la medida en que satisfacen una necesidad que cada vez más hombres van a demandar.

Y todavía se puede añadir un tercer elemento: el de las facilidades que, en general, existen para conciliar. Si en España se avanzara en aspectos como la racionalización de los horarios, la cultura de la conciliación de las empresas y la plena universalización de la enseñanza infantil de calidad, sería mucho más fácil conciliar (se sea hombre o mujer), y ello, qué duda cabe, constituiría un incentivo adicional que implicaría a más hombres en las tareas de cuidados.

Aunque parezca increíble, la economía española tiene que salir en algún momento de la crisis, y para acelerar esa salida y el proceso de recuperación posterior, hay que aprovechar todas las fortalezas –que las hay- que se habían desarrollado previamente. Una de ellas fue el avance en las políticas de igualdad, las cuales no son un lujo de tiempos de bonanza, sino un elemento básico de un estado del bienestar justo y, sobre todo, competitivo.

Lorenzo Escot Mangas y José Andrés Fernández Cornejo son profesores de la Universidad Complutense de Madrid y coordinadores del grupo de investigación 'Análisis económico de la diversidad y políticas de igualdad'

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